Es innegable que la inteligencia artificial generativa ha transformado el panorama tecnológico de los últimos años. Lo que comenzó como una herramienta capaz de generar texto, imágenes o código está evolucionando rápidamente hacia sistemas más avanzados, capaces no solo de responder, sino también de actuar. En este contexto surgen los agentes de IA, una nueva generación de aplicaciones inteligentes diseñadas para ejecutar tareas, interactuar con sistemas y agilizar procesos con un mayor grado de autonomía.
Su potencial es enorme, es cierto. Sin embargo, hay un aspecto del que se habla menos y que resulta decisivo para que esta tecnología aporte realmente valor: la infraestructura.
Cuando una empresa desarrolla una prueba de concepto, los requisitos suelen ser relativamente sencillos. El reto aparece cuando se quiere pasar a producción y desplegar agentes de IA a gran escala. Es entonces cuando surgen preguntas importantes como: dónde se ejecutan, cómo acceden a los datos o cómo se garantiza la seguridad de la información.
De hecho, el estudio Enterprise Cloud Index 2026 de Nutanix ya refleja esta realidad. Muchas organizaciones reconocen que aún les queda camino por recorrer para estar preparadas para las nuevas cargas de trabajo impulsadas por la IA.
Los agentes necesitan acceder constantemente a datos y aplicaciones corporativas. Además, muchos de ellos operarán de forma continua, ejecutando tareas, consultando sistemas y colaborando con otros agentes. Todo ello generará nuevas demandas sobre la capacidad de procesamiento, el almacenamiento y las redes. Por eso, la conversación sobre IA ya no puede centrarse únicamente en los modelos. La infraestructura es una pieza fundamental de la estrategia. Sin una base tecnológica adecuada, será muy difícil escalar los proyectos más allá de los primeros experimentos.
A esto se suma otro factor cada vez más importante, la ubicación de los datos. Muchas organizaciones trabajan con información sensible o están sujetas a requisitos regulatorios específicos. En esos casos, no siempre es posible trasladar todos los datos a una nube pública. La realidad es que la mayoría de las empresas están optando por entornos híbridos y multicloud que les permiten elegir dónde ejecutar cada carga de trabajo según sus necesidades.
Los agentes de IA deberán funcionar allí donde estén los datos y las aplicaciones. Esto exige plataformas capaces de ofrecer una experiencia operativa uniforme independientemente del entorno donde se ejecuten las cargas de trabajo.
También será fundamental simplificar la gestión. A medida que aumente el número de agentes, modelos y aplicaciones de IA, la complejidad crecerá rápidamente. Las organizaciones necesitan soluciones que les permitan administrar toda esa infraestructura de forma sencilla, sin crear nuevos silos tecnológicos ni incrementar la carga operativa de los equipos de TI.
Por último, no podemos olvidar la gobernanza. Cuanto más autónomos sean los agentes, más importante será disponer de mecanismos para supervisar su actividad, proteger los datos que utilizan y garantizar que operan de forma segura y responsable.
Es verdad que los agentes tienen el potencial de transformar la forma en que trabajamos y gestionamos nuestros procesos, pero su éxito dependerá de si tenemos o no una infraestructura preparada para soportarlos. Porque, al final, los agentes de IA solo serán tan eficaces como los cimientos tecnológicos sobre los que se construyan.










